sábado, 4 de febrero de 2017

Cómo y por qué dejé de quererlo

Yo, como ser humana tímida, corta de genio, complicada y frágil, he querido guardar durante mi existencia tesoros que he ido encontrando por el camino. Y no hablo de antigüedades ni objetos de valor, que pueden destruirse o ser robados. Hablo de relaciones humanas especiales.

Leí hace un tiempo sobre una leyenda oriental, una que habla sobre un hilo rojo que une por generaciones a personas que tienen un mutuo cariño-amor, que las mantiene unidas una vez que se encuentran de reencarnación en reencarnación.


Y, sin contar los detalles, yo, que ya traía una amistad especial con alguien a quien consideraba más cercano que mi familia y a quien quería con todo el corazón, que ya manteníamos contacto aún habiendo pasado una década desde que nos separó la vida, creí con todo mi ser que esta persona para mí era esto... alguien a quien siempre tendría cerca, no importando la vida que cada uno llevara, pero que SIEMPRE sería mi tesoro... porque eso era para mí este cariño. Era mi sol.

Y resulta que, por alegatos cariñosos de la vida, exigí mi derecho a saber de su vida, porque cuando estuve a punto de morir me importaba haberme despedido y él no estuvo ahí, de ninguna forma.

Pues la respuesta tras la exigencia vino. Y entonces lo supe todo.

Ese valioso cariño se rompió en mil pedazos, cuando supe qué había de verdad en su mente y corazón. Tuve acceso como nadie a sus ideas más intensas y privadas, y no pude con el dolor que me provocó saber que esta leyenda era una mentira del tamaño del Empire States. Nunca hubo esto en él. Siempre fue sólo mi fantasía.

Me rompí. Me destruí. Me morí. Se me apagó el sol.

Se acabó este cariño-amor. Me vi enfrentada a la realidad, con tanta... ¡tanta! crudeza, que no pude seguir. Caí en cuenta que este tesoro no era tal en realidad. Que nuevamente mi ingenuidad e inexperiencia me hizo inventar una historia sobre arena.

Y la contraparte sin entender ¡nada! Pero qué tenía yo que explicar... qué puedo decir, si esta catedral la construí yo con este tonto cariño que se asfixió en sus manos.

Me fui. Me alejé. Lo saqué de mi alma, de mis tesoros.

Decidí que ya no puedo poner mi corazón en manos de otros. Que el sol que irradia y me alegra, debo ser yo... nadie más.

Ya no soy la misma. Volví a oscurecerme. Me envejecí.

La vida volvió a ser gris. Hasta que encienda ese sol que perdí.

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