viernes, 10 de febrero de 2017

No se seca el pasto echando fuego

Hoy, escribo furiosa. Con todo y todos, desde el computador hasta el frío que me tiene entumida acá en el patio escribiendo...

He estado viviendo momentos muy duros, vivo frustraciones cada día que me han hecho mal hasta el alma y me han envejecido una porrada de años. Lo estoy pasando mal.

Y yo, que siempre he tenido mal genio (la mecha corta, le dicen), me he llenado de rabia incontenible en más ocasiones de las que estoy dispuesta a reconocer. Me quema la rabia, la impotencia, la injusticia, la indiferencia, la des-empatía que he pasado. La decepción.

Y sí, lo he admitido, estoy con la furia desatada, desde el maldito computador que se pegó por media hora hasta el tupper que no se cerraba de ninguna forma y al que le pegué hasta que la porquería se cerró.

Lo sé. Lo admito.

Y creo que solo debo admitirlo conmigo misma. Porque hoy lo dije en un entorno familiar, donde se suponía que habría algo de empatía, pero me di el trastazo con la respuesta.

Me hablaron golpeado. Al borde del gritoneo. Que ya está bueno con esta violencia, que hasta cuándo, que si no te controlas mejor sale de la casa y vuelves cuando estés calmada (no volvería nunca, nota editorial...). Eso ya me colmó.

Porque precisamente de la familia han venido todas estas frustraciones, decepciones, falta de empatía, indiferencia...

Contesté con rabia. Me mandé cambiar al patio, al frío de los mil demonios. Por mi dignidad, y mi paz.

Qué triste y doloroso, más allá de mi estado de los demonios, que uno deba pensar dos veces lo que habla, incluso con la familia.

Ya me cabrée de todo. Y de todos.

Déjenme en paz y váyanse a la %$/%#.

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